Homilía para la Fiesta de la Presentación del Señor
Malaquias 3,1-4
Salmo 23, 7.8.9.10
Hebreos 2,14-18
Lucas 2,22-40
Despues de una vida de esperanza, Simeón ve el cumplimiento de las promesas de Dios - el Mesías, un niño en sus brazos. Aquí está la consolación de Israel, llevada al templo en obediencia de la Ley de Moisés.
Hay tantos símbolos y niveles en las lecturas de hoy, pero el tema principal es la luz. Mis ojos han visto dice Simeón y una luz que alumbra.
Esas palabras anticipan lo que nuestro Salvador diría en el evangelio de San Juan, que también dice mucho de luz y tinieblas, Yo soy la luz del mundo.
Hoy día bendicimos las velas, que nos recuerden constantemente de la luz de Jesucristo, que nos llama de las tinieblas y la luz que nosotros, en vez, estamos llamados a llevar a otros. No podemos ponerla debajo de una cesta, sino que en el candelero, como escuchamos en las lecturas de la semana pasada.
Nosotros hemos tenido un poco de mal tiempo, pero poco a poco, podemos ver que los días están creciendo. Incluso la luz del sol está regresando a nosotros.
Y como nuestro Señor era llevado al templo, y como las velas que bendicimos son llevadas y usadas en la misa y nuestras devociones, también recibimos - como Simeón y Ana - el Señor. Recibimos en los manos, en nosotros mismos en la Eucaristía.
Y es exactamente lo mismo como en el evangelio. No es un símbolo o una metáfora. Es nuestro Señor en toda su humanidad y divinidad. La bendición de Simeón es nuestra también! Que maravilla tomarlo en nuestros manos, tal como lo hizo, y rogar en silencio:
“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo,
según lo que me habías prometido,
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has preparado para bien de todos los pueblos;
luz que alumbra a las naciones
y gloria de tu pueblo, Israel”.
Cuando profesamos cada Domingo, lo que creemos en el Credo, afirmamos que creemos en el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo - la Santa Trinidad. Creemos que hay tres Personas, pero solamente un Dios. Cada persona tiene su propia misión, pero porque Dios no puede ser dividido, donde hay una persona, las otras están también.
Dios el Espíritu, que descendió en el Pentecostés, movió a Simeón hacia el templo. Dios el Padre, que creó todo el universo, era llevado al mismo templo como Dios el Hijo, y sus manos eran tan pequeñas que casi no podían tocar las caras de los dos ancianos que lo recibieron con gozo.
Se viene a nosotros en la Eucaristía, también pequeño, también vulnerable. Recibámoslo con el mismo gozo, porque nuestros ojos hemos visto el Salvador, preparado para todos los pueblos - es decir que todo el mundo - y la gloria de su pueblo Israel - nosotros aquí hoy día.